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Mensaje por Admin el Sáb Mayo 02, 2015 6:52 pm


La neumonía (pulmonía) es la enfermedad infecciosa más habitual y aparece, sobre todo, durante la época más fría del año. El riesgo de sufrir una pulmonía es especialmente alto en aquellas personas cuyo sistema inmune se encuentra debilitado, en ancianos y en niños de corta edad.

La neumonía está causada en la mayoría de los casos por bacterias. Entre estas, las más habituales son las llamadas neumococos, responsables del 49% de todas las neumonías que se producen en España.

Con menor frecuencia la enfermedad está provocada por virus u hongos. Los organismos patógenos penetran en los pulmones y desencadenan una inflamación del tejido pulmonar.

Su contagio suele efectuarse a través de gotitas respiratorias expulsadas al estornudar, hablar o toser.


La neumonía es una infección del pulmón. La neumonía, también conocida como pulmonía, es una infección en el pulmón que afecta cada año a entre 7 y 15 personas de cada mil. Los alveolos de los pulmones, que en una persona sana se llenan de oxígeno al respirar, en un enfermo de neumonía contienen líquido y pus, dificultando la respiración.

Los gérmenes infecciosos tienen varias vías de entrada. Los gérmenes (virus, bacterias y hongos) que provocan la neumonía pueden llegar a los pulmones de varios modos. Uno de ellos es a través de las vías respiratorias (por la boca, la nariz o la faringe). Suele ser la vía habitual de entrada de estreptococos, neumococo y Haemophilus.

También se contagia por inhalación. La neumonía se contrae, asimismo, a través del aire inspirado, cuando en él están presentes los microorganismos infecciosos que dan lugar a la enfermedad. De este modo, los agentes causantes llegarían directamente a los pulmones. Ocurre, por ejemplo, en las neumonías provocadas por micoplasmas.

O el microorganismo puede estar en el propio cuerpo. En ocasiones, los gérmenes que provocan la neumonía proceden de otras partes del organismo, desde donde acceden a los pulmones recorriendo el torrente sanguíneo.

Uno de sus síntomas es la tos. La tos es uno de los síntomas de la neumonía. Si se trata de una neumonía típica, esa tos será con expectoración (amarillenta, verdosa y, a veces, con sangre). Por el contrario, si es una neumonía atípica, la tos es seca y sin secreciones.

Puede aparecer fiebre, cansancio, dolor de cabeza... Además de la tos, hay otros síntomas de la neumonía como: fiebre (con o sin escalofríos), dolores articulares o musculares, dolor de cabeza, inapetencia, dificultades respiratorias, naúseas, vómitos... No hay un solo patrón de síntomas, puesto que existen muchos tipos de neumonías, según el agente causal.

Los fumadores están más expuestos. El tabaco y, en general, todos los factores que afecten negativamente a las defensas del organismo son un factor de riesgo para la aparición de la neumonía, ya que los gérmenes tienen el acceso más fácil hacia el pulmón. Beber alcohol también predispone negativamente a la neumonía.

Los enfermos crónicos, más expuestos. También los enfermos crónicos con problemas renales, cardiacos, pulmonares o hepáticos tienen más probabilidades de contraer una neumonía. Igualmente, las personas mayores, que tienen las defensas más debilitadas, están más expuestas.

Una auscultación puede dar la voz de alarma. La neumonía supone un sobreesfuerzo en la capacidad respiratoria del pulmón, por eso, cuando el médico hace una auscultación detecta ruidos no habituales que le pueden hacer sospechar de la existencia de la neumonía.

El diagnóstico se confirma mediante Rayos X. El diagnóstico de neumonía suele confirmarse a través de una radiografía de torax. Además, se pueden hacer otras pruebas, como punción pulmonar, broncoscopia, gasometría arterial, cultivo de muestras respiratorias o analíticas de sangre, algunas de las cuales sirven para determinar el germen causante.

El dolor torácico, una señal de alarma. De un catarro se puede pasar a una neumonía, por eso conviene estar alerta de los síntomas que pueden indicarlo. Entre ellos: dificultades respiratorias que van a más, incluso con dolor en las inspiraciones, dolor torácico cada vez que se inhala, y respiración agitada.

La neumonía puede acabar en un derrame pleural. La neumonía se puede complicar con un derrame pleural, un abceso en el pulmón, o incluso llegar a ser mortal. Se estima que es la sexta causa de muerte en el mundo.

Se trata con antibióticos. La neumonía suele curarse en la mayoría de los casos con antibióticos por vía oral sin más complicaciones. Solo cuando se complica, hace falta un ingreso hospitalario, lo que ocurre entre el 3 y el 10% de los casos.

La automedicación es peligrosa. Aunque se sospeche de una neumonía, el enfermo no debe automedicarse nunca ni con antibióticos ni con fármacos para la tos. Hay que tener en cuenta que toser ayuda a limpiar los pulmones y no conviene evitar ese mecanismo natural a no ser que el médico así lo prescriba.

La neumonía se puede prevenir. Hay muchos tipos de neumonía, pero existe vacuna para algunos de ellos. Vacunarse contra el neumococo, el sarampión, la tos ferina y el Hib es una forma muy eficaz de protegerse contra la neumonía.

La lactancia materna protege. Mantener una adecuada nutrición ayuda a protegerse frente a la neumonía. Además, según recuerda la Organización Mundial de la Salud, tomar lactancia materna exclusiva durante los seis primeros meses de vida protege frente a la neumonía y reduce la duración de la enfermedad.

Controlar los factores ambientales. Los factores ambientales son también importantes a la hora de luchar contra la neumonía, por eso es importante respirar aire lo más limpio posible y facilitar una correcta higiene en el entorno. Más sobre la neumonía.

La neumonía es una infección del pulmón. La neumonía, también conocida como pulmonía, es una infección en el pulmón que afecta cada año a entre 7 y 15 personas de cada mil. Los alveolos de los pulmones, que en una persona sana se llenan de oxígeno al respirar, en un enfermo de neumonía contienen líquido y pus, dificultando la respiración.
En España 14 de cada 1.000 personas padecen una neumonía al año y más de un 20% requieren tratamiento hospitalario. Para tratar esta enfermedad, se utilizan mayoritariamente medicamentos específicos que contienen principios activos que combaten de forma activa los agentes patógenos desencadenantes de la infección. En caso de neumonía bacteriana son efectivos, por ejemplo, los antibióticos.

En las personas jóvenes y sanas, lo más habitual es que la neumonía remita sin dejar secuelas. Sin embargo, en personas inmunodeprimidas existe la posibilidad de que surjan complicaciones, que en determinadas circunstancias pueden suponer un riesgo para su vida. Las neumonías causadas por agentes patológicos hospitalarios, cuyo contagio se produce durante ingresos en centros de atención sanitaria (infecciones nosocomiales), son difíciles de tratar. La razón es que estos organismos son resistentes a los medicamentos actuales.

Hoy en día existen vacunas contra los agentes desencadenanates de esta enfermedad , los neumococos. La vacuna antineumocócica está especialmente recomendada para los niños menores de dos años, los mayores de 60 años y las personas que padecen inmunodeficiencias congénitas o adquiridas (por ejemplo infección del VIH) y enfermedades cardiovasculares.










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